viernes, 9 de agosto de 2013

Los primeros cien días del Papa Francisco


Acaban de cumplirse los primeros días del pontificado del Papa Francisco, y es lógico que muchos hagan balance de este tiempo, tratando de descubrir el rumbo que quiere imprimir Jorge Bergoglio a la iglesia. Vaya por adelantado que nadie esperaba la elección de este Papa, y que las conjeturas se centraban en un italiano –Angelo Scola-, un norteamericano –Timothy Dolan-, y un guineano –Robert Sarah-. La pregunta que muchos nos hacemos es la siguiente: ¿qué vieron los cardenales electores en Bergoglio para que sus votos se centraran en él? Hay que decir que los cardenales electores constituyen el club más selecto de la tierra: ciento veinte personas, seleccionadas entre 1.180 millones de católicos. Ellos sabían lo que hacían, pero el resto no teníamos esa información, y nos hemos ido enterando de las cualidades de este Papa a lo largo de estos cien días. Me parece que se pueden resumir en tres puntos las ideas fundamentales que este Papa quiere subrayar a todo el mundo.
En primer lugar el amor a la pobreza, a un estilo de vida evangélico, que busca voluntariamente no tener nada superfluo. En el evangelio se recoge que Jesús siendo rico se hizo pobre para darnos ejemplo, y que no tenía un sitio donde reclinar la cabeza. Bergoglio ha elegido el nombre de Francisco, en honor de San Francisco de Asís, el gran apóstol de la vida pobre. Dice Chesterton en la biografía de este santo, que Francisco fue el hombre más humilde que ha existido en este mundo. Y se puede añadir, que ha sido en la historia de la iglesia el que más ha insistido en el desprendimiento de los bienes materiales. Estos cien días de pontificado han sido un conjunto de signos en este sentido: no ha hecho ningún viaje, pensando en los gastos que suponen los desplazamientos del Papa; ha renunciado a asistir a un concierto de música clásica que se ha celebrado en el Vaticano, indicando que es un gasto innecesario; ha renunciado a salir de vacaciones, y pasará el verano en Roma, con las incomodidades que tiene esta ciudad de altas temperaturas y gran humedad.
En segundo lugar una llamada a la unidad de los cristianos, a cerrar filas en torno al Papa. No hay que olvidar que Bergoglio es jesuita, formado en la Compañía de Jesús, la orden más importante de la iglesia católica. San Ignacio de Loyola su fundador fue un vasco, profundamente español, que pensaba en su organización como un ejército de paz a las órdenes del Papa. Quiso que a los tres votos clásicos de las órdenes religiosas –pobreza, castidad y obediencia- se añadiese un cuarto voto de obediencia al Santo Padre. No en vano la Compañía de Jesús fue abolida por la segunda república española, alegando que sus miembros tenían una obediencia especial a una autoridad extranjera (el Papa). El Superior de los jesuitas es llamado el General, y tiene una autoridad inmensa sobre cada uno de sus súbditos, y sobre la compañía en general. Bergoglio  sabe que la iglesia no es la Compañía, pero su modo de gobernar se asemeja al del General de la Compañía.
En tercer lugar, el Papa Francisco quiere una iglesia abierta a todos, no una secta para unos pocos iniciados, como han querido siempre los pelagianos. Esto se traduce en que los curas y obispos deben tener “olor de oveja”, es decir, estar cerca de la gente, facilitando la recepción de los sacramentos, sin poner pegas innecesarias, que Cristo no puso. También esto debe traducirse en la disponibilidad de los sacerdotes, estar en las iglesias, con las puertas abiertas, dispuestos a recibir a todos los que busquen ayuda. Si esto será una realidad, el tiempo nos lo hará ver.
Publicado en EL MUNDO. MIÉRCOLES 7 DE AGOSTO DE 2013

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